martes, 5 de octubre de 2010

LA HISTORIA DE LOS MELLIZOS DUBOIS Y SU INESPERADO FINAL.

(CUENTO DE BEATRIZ LILIANA ESLIMÁN)


      No puedo precisar el tiempo en que transcurrió esta historia que ahora relataré, simplemente diré que fue hace muchos años, cuando todavía en Francia reinaban los Luises y se construían los palacios más hermosos ,  barrocos y los Jardines palaciegos eran la envidia de más de una Corona de  la vieja Europa, con su fuentes, estatuas de Venus, de doncellas, de sirenas … Pero no es precisamente en Palacio donde  se desarrolla  este relato, si no en las afueras de la Francia Real…a unas cuantas millas de todo el boato de la Corte  con sus cortesanas  envueltas en bellos vestidos que dejaban ver sus senos tal cual manzanas que Adán aceptó para el pecado original, y lejos del rape y las pelucas que caracterizaban a los nobles caballeros de entonces, que de tan acicalados, afeminados parecían en tan ilustre escenario.
       Fue muy lejos de allí, en la campiña del Sur galo, donde en una pequeña y humilde casa  hubieron de nacer dos hermanos mellizos, pero dicho nacimiento, ocasionó a su joven  madre,  la desdicha de la muerte prematura, pues fue tal  el esfuerzo en parirlos que la pobre joven, bella y llena de vida partió sin ver siquiera los rostros de su descendencia.
       Su esposo, Jerome Dubois, desconsolado y empobrecido de riquezas y de amor  quedó solo  y triste ; y  una vez que les diera nombre a los recién nacidos, uno como Bautiste y al otro como Paul, el solitario y acongojado padre de las criaturas, debió afrontar los cuidados de los niños  hasta la edad de seis años,  momento en donde el aún joven Jerome, buscó la compañía de una  mujer, Antoniette,  mayor que él pero de una belleza muy particular , pues sus gestos  se parecían a los de una dama  de la Corte  de los Luises,  más que al  de una campesina sin condición.
       Fue así, que con la nueva presencia en la casa,  los niños, aprendieron a leer y  a escribir, pues hasta ese momento solo ayudaban a su padre en las tareas de la pequeña heredad que poseía  su progenitor.
      Llegó la adolescencia  y las buenas costumbres y los detalles de refinamiento que Antoniette les había transmitido a los hermanos mellizos, dió buenos frutos, y ambos  con  la edad de dieciséis años  decidieron partir hacia la bella Paris.
      Un futuro incierto les aguardaba, pero la incertidumbre los hacía más fuertes y felices, y  el camino hacia aquella ciudad, significaba para ellos el puente hacia la libertad y el disfrute de la vida que hasta entonces, había quedado entre las paredes de la casa pequeña  y humilde que habitaban  y las lavandas que su padre cultivaba  año tras año.
      Bautiste era el más dotado en inteligencia, su astucia lo hacía impetuoso y a la vez  le creaba una apariencia  de caballero, quizás allí estaba el don que la bella Antoniette le había transmitido durante una década.  Paul, en cambio,  era el más buen mozo de la campiña y ahora iba en busca de las aventuras que no pudo encontrar a lo largo de su joven  y apagada vida en tan lejana aldea .
      Ambos  con su juventud en apogeo se despidieron de Jerome y Antoniette,  y aunque la emoción y un dejo de tristeza les enmarcaba  la partida,  sabían que debían  iniciarla para encontrar,  lo que tantas veces escucharon a los  forasteros: la hermosa Paris, sus monumentos,  su esplendor,  sus burdeles,  las damas más hermosas caminando por doquier,  la Catedral de Notre Dame… Todo ello les instaba a partir de inmediato, y así lo hicieron; y  como eran mellizos, pues de a dos partieron…
      El  trayecto desde el sur hacia París parecía interminable,  pero lo que  a continuación se relata, pasó y  fue el cambio en las vidas de los mellizos Dubois.
      Caminaban por la verde campiña  en una tarde de verano, con paso lento, por  el agobiante  calor y con  el sol quemándoles sus cabezas, cuando un encuentro repentino salió a su cruce;  era una carreta de circo , cuyo conductor era  un anciano y  de acompañante iba su hija, que no representaba más de veinte años , y  que  no estaba dotada de la belleza que ellos  habían soñado desde el inicio  de sus necesidades púberes. Era una joven de aspecto tosco y salvaje, que ni siquiera estaban acostumbrados a ver en el pequeño pueblo de donde provenían.
     Como la sed comenzaba a apretar sus gargantas los jóvenes mellizos hicieron un alto junto a la carreta, y compartieron  los cuatro  viajeros los víveres y el agua que traían en sus alforjas. El diálogo no tardó en llegar ya que los mellizos eran locuaces y estaba ansiosos por relatar, aún  a desconocidos,  sus sueños en la Gran París. El anciano, de nombre Jeremías,   les presentó a su hija,  Christine, poco afortunada  en belleza pero  agraciada en sonrisa y en su manera de hablar.  Grande fue la sorpresa para los jóvenes pues  ni bien presentada la muchacha comenzó a hablar en un francés  fino y erudito  muy  familiar a los mellizos Dubois, ya que les recordaba la sabiduría y conocimientos de su madrasta la singular Antoniette.
      Y  allí se enteraron por relato del anciano,  que  progenitor  e hija se dirigían también a París a  presentar  su espectáculo de magia  y videncia al Luis que se encontraba en el trono francés, en ocasión de las tantos festejos y reuniones que  se organizaban en el palacio real. El sitio,  en este caso, era  en las afueras de París, en el palacio de verano.
        Entusiasmados de tal destino los forasteros, Bautiste y Paul  le solicitaron al viejo Jeremías un lugar en su carreta, para lo que quedaba  del viaje hacia París, y fueron  acogidos . Iniciando la travesía  a toda  marcha dirigiéndose   hacia  la  gran ciudad.
          Aún  restaban  dos días de camino,  y los mellizos Dubois convencieron al anciano  que los dejara participar en su espectáculo circense, ya que ellos dominaban el arte de la lectura desde niños y conocían las más bellas poesías para recitar en tan noble festejo, además  podían aprender  en el camino  algo del arte de la magia, para entretener al Rey y a sus súbitos nobles y cortesanas invitados a tal festín de tres días y sus noches. El  generoso  Jeremías acepto de buen agrado, pues, en verdad necesitaba de la ayuda de aquellos mozalbetes. 
           Llegó el ansiado día, y al amanecer entraron  a la Ciudad que tanto habían soñado conocer.
          París los asombró, los ojos de Bautiste y Paul no alcanzaban para observar la gran Ciudad que se ponía a sus pies en un gesto de reverencia dándoles la bienvenida.
           Como Jeremías era viejo conocido de la Corte, no le fue difícil ingresar al palacio de verano,   pero fue allí en palacio donde la  magia  y la fantasía se convirtieron en tragedia; porque  pocos minutos de comenzar la función ante toda la Corte real y en presencia del Luis de turno, el anciano sufrió un ataque  que lo envió de este mundo al otro sin siquiera  una despedida.
           Y hasta aquí llegó el destino real de los hermanos Dubois, que nunca pudieron llegar más allá de la calle principal que dirigía  al Palacio.
           Pasó el tiempo y Bautiste se casó con un dama de poca honra pero de buena fortuna, “donada” de su difunto y anciano esposo, pues ya les he adelantado al comienzo del relato que era un mozo, astuto e inteligente. Y Paul, aunque más bello y dotado, se enamoró de la hija del anciano Jeremías; Christine, cuya magia asombró al joven  y dicen que un día ambos desaparecieron sin rumbo conocido. Algunos como su hermano Bautiste  creyó hasta el día de su muerte, que su otra parte, su mellizo, había sido objeto de hechizos y magia por Christine desapareciendo de la faz de la tierra, por la misma magia que los enamoró…
           Esta es la pequeña historia de los mellizos Dubois, que teniendo un gran futuro juntos en la corte real, por una muerte inesperada, separaron sus rumbos, aunque habían partido de la aldea  con sus sueños compartidos. El destino, la magia  y el tiempo hicieron  que uno despareciera  y el otro viviera infeliz en lo brazos de  una mujer, que poseía fortuna, pero huérfana de amor.
         Y así fue  que Bautiste nunca dejó de emocionarse y de recordar a su otra parte, a su otra alma,…a Paul, cada vez que las magníficas campanas de la Catedral de Notre Dame repicaban, pues en su interior nunca dejó de  pensar que esas campanadas eran la voz de su hermano que de algún lugar desconocido lo seguía esperando para recomenzar el viaje juntos que nunca pudieron terminar…  

©copyrigth 2010. de Beatriz  Liliana Eslimán.( derechos reservados del autor) 


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